Ruido y Silencio: Elogio del Diseño

Los seres humanos habitamos en un universo trenzado de espacio y tiempo, dos dimensiones que, en su estado natural, resultan salvajes e inhóspitas. La humanidad ha hecho, por eso, ciudades, barrios, casas, para poder hacer del espacio un lugar humano y no fenecer en la intemperie.

Del mismo modo que el espacio, el tiempo requiere de una cierta domesticación. Sin ella, vivimos presos en la nostalgia o en la ansiedad, perdemos el presente. Si la arquitectura domestica el espacio transformándolo en morada, el arte que hace del tiempo una instancia habitable se llama música. Ella utiliza ritmos y armonías para hacer del tiempo una realidad melódica, un contenedor soportable de la vida. El ruido puro es desorden, caos, malestar. El mero sonido ni comunica ni agrada. La música da forma a ese ruido insertándolo en una trama de silencios rítmicos, ayudando al ser humano a habitar el tiempo y, eventualmente, eliminarlo o hacerlo invisible: vivir el presente sin desesperación. La música es, por eso, junto con la arquitectura, un arte del límite: da forma al mundo (Trías: 1982, 2000; Rosales: 2013)

El diseño es una disciplina que, de manera similar a la música y a la arquitectura, hace del espacio un sitio habitable. Logra su cometido cuando respeta y cuida los ritmos visuales que el ojo necesita para comprender lo que ve. La materia del diseño no son los colores, las formas y las tipografías. Ellas son las vías que el diseño tiene para dar forma a lo que en realidad es su materia prima: conceptos.

El diseño es por eso afortunado y adecuado cuando logra instalar en la mente de las personas una idea memorable, pero también cuando logra ordenar un mensaje y hacerlo simple y habitable; hacer de él una morada. Una marca bien diseñada es la que trasciende sus colores y sus formas e instala en sus audiencias una manera de relacionarse con el mundo. Por eso el buen diseño sabe introducir silencios, espacios en blanco, sabe usar el trazo mínimo, evitar el estorbo:  para hacer del ruido visual una melodía con ritmo y armonía, una narrativa en la que el ojo y la mente se sientan como en casa. El diseño gráfico contribuye de este modo a la dignidad del espacio social, no sólo agregando belleza al ambiente urbano, sino ayudando a las personas a comunicarse, a no desesperar.


Referencias:


Rosales, Diego I. (2013) “La música y los límites del mundo. Un estudio desde Eugenio Trías y Agustín de Hipona”. Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, vol. 30, núm. 1, pp. 27-47

Trías, E. (1982) Lo bello y lo siniestro. Barcelona, Seix Barral.

Trías, E. (2000) Los límites del mundo. Barcelona, Ediciones Destino