Belleza y Diseño

Algunas veces a los diseñadores se les llama artistas. A veces lo son. Con mayor frecuencia no lo son. El diseño no es un arte y no tiene porqué serlo. Aunque a veces pueda llegar a producir una obra artística, el diseño responde a una vocación distinta, especialmente el diseño gráfico y en concreto el branding. Si bien las diversas ramas del diseño pueden estar más o menos dispuestas al arte, como quizá la arquitectura está más dispuesta a él que el diseño de empaque –por poner un ejemplo– es cierto también que la finalidad que buscan es bien diferente.

Años atrás, el arte solía buscar la belleza. Solía buscar ser una pedagogía hacia el bien y la trascendencia. Hoy en día, después de las vanguardias del siglo XX, –tendencias que por cierto no tienen por qué considerarse como definitivas–, la belleza no es más la finalidad del arte. Si acaso es una mera función de él, que puede o no ocurrir o concurrir en la obra, pero de manera secundaria. La finalidad del arte es hoy múltiple: desde la crítica social y la construcción de una conciencia subjetiva, hasta la deconstrucción de esa conciencia y el rompimiento de paradigmas culturales. 

El diseño puede asimilar algunas de estas funciones sociales del arte. Ha habido interesantes sucesos en la historia del diseño como First Thing First, un manifiesto publicado en 1964 por Ken Garland para criticar el consumismo y llamar la atención sobre la vocación social y humanista del diseño gráfico. Pero,  ¿cuál es, pues, la relación del diseño con la belleza? ¿Debe un diseño ser bello para ser considerado bueno? Sea que se considere una cualidad objetiva de la realidad o una experiencia subjetiva relacionada con el juicio de gusto, la belleza suele escabullírsenos de las manos. 

El diseño de marca debe buscar, principalmente, crear una entidad identificable, hacer la marca visible y memorable en el maremágnum de opciones que el consumidor o el cliente tienen frente a sí. Por eso el diseño gráfico, y específicamente el diseño de marca, no puede tener a la belleza como su objetivo principal. No es un arte sino principalmente una pragmática. Esto no excluye, sin embargo, que la belleza no pueda ser un identificador, y uno de verdadero lujo y alta calidad. 

La belleza no está excluida del diseño e, incluso, se lleva muy bien con él. Ella identifica soberbiamente por muchas razones; la primera es que es atractiva, y atraer es la principal función de la identificación. La segunda es que civiliza: la belleza transforma el caos en un orden, hace de lo salvaje una morada, y en una marca eso es fundamental: debe verse como un hogar, como una realidad familiar y comprensible, no como una realidad ajena y violenta. La belleza es un gran auxiliar del diseño gráfico y de la identidad de marca, pues en su vocación civilizatoria, ella aporta una mejor manera de habitar el mundo.